martes, 27 de febrero de 2007

Terrorismo informativo o la información del miedo

Si bien las definiciones de terrorismo se refieren a las acciones armadas que determinados grupos o estados cometen para generar pánico en civiles o avanzar en sus objetivos, es propicio, dado el desproporcionado y manipulado uso que se la ha dado al término, que reinterpretemos su definición. Ello debido a que ciertos sectores políticos y comunicacionales alrededor del mundo, se han asumido en la práctica como quienes determinan lo que es o no terrorismo.

Perú campaña presidencial 2006: el fantasma terrorista fue agitado interesadamente por un conjunto de medios de comunicación y políticos, a los que posteriormente se sumo el candidato vencedor. De una manera muy hábil se logró asociar al candidato Humala a la violencia y a García a la estabilidad; pero irónicamente, el actual presidente es quien tiene mucha mayor relación con el terrorismo de Estado, mientras que el candidato derrotado no pudo aclarar su participación en la guerra. En esa dicotomía, se creo una sensación de miedo. Ésta afirmaba que la victoria de Humala sería el principio de una sucesión de actos que llevarían a involucionar al país. La distorsión informativa imperó, el miedo se implantó.

En el caso de algunos conflictos internacionales el asunto es similar y hasta más grave. EEUU e Inglaterra han usado la categoría terrorismo para justificar la destrucción de Irak hasta la saciedad. El lema es la lucha contra el terrorismo. Han creado la sensación de que invadir y luego combatir a los resistentes de Irak significa proteger a sus sociedades de peligros inminentes. Lo cierto es que si bien EEUU e Inglaterra sufrieron los atentados del 11S y del 9J, estos estados a través de sus gobiernos comenten actos de terrorismo en Irak. Y estos actos son, en proporción, mayores e inflingen más castigo colectivo que los arriba mencionados. A pesar de eso, esta vanguardia política de occidente y sus medios de comunicación aliados, se han apoderado del señalamiento de quienes son o no terroristas.

Por su parte la Rusia de Putin ha logrado presentarse como víctima del terrorismo checheno a pesar de que las resoluciones de los secuestros en años recientes han evidenciado de lo que es capaz su gobierno. Los actos de terrorismo de Estado ruso sobre Chechenia se han sucedido en los últimos años, generando la respuesta chechena. De ello se ha valido Putin para señalar a los chechenos como responsables de la violencia en el Cáucaso. Grozni fue casi borrada del mapa en la segunda guerra ruso chechena de los noventa, y su población reducida drásticamente por una política de indiscriminada eliminación de chechenos. Sumado a ello, las represalias y crímenes políticos como el de la periodista Polikovskaya hace unas semanas, configuran a Rusia como un Estado con prácticas terroristas.

Otro caso indicativo se da en la guerra que mantienen Palestina e Israel. La comunicación e información que parte desde los gobiernos israelíes, ha sido efectiva logrando que en el imaginario colectivo sólo se considere los actos palestinos como terroristas. Y eso no es exacto. El ejército israelí, comete actos de terrorismo o terrorismo de Estado, que generan miedo en la sociedad palestina pero se ocultan en una legitima defensa. Benny Morrys, historiador de la Universidad Ben Gurion, señala cómo los actos terroristas del Irgun en los mercados de Haifa en 1938, sirvieron de modelo y fueron imitados posteriormente por palestinos. La información oficial en occidente hoy aún no puede comparar o informar sobre los actos terroristas, en este conflicto, con una objetividad que los señale en ambos bandos.

Estos ejemplos pueden servir para contextualizar lo que pretende aclarar este texto. Que el concepto terrorismo, que se ha convertido en la palabra más utilizada cuando se llega a los extremos de la confrontación política, no puede seguir siendo observado sólo a la luz de sus acusadores, sino en un panorama mayor. El ángulo que nos interesa aclarar en este caso es el del terrorismo informativo, comunicacional o mediático; que en algunos casos es independiente de los actos estatales y en otros confluye.

Por ello, afirmo que existe el terrorismo informativo. Éste se puede definir como la utilización de los recursos de la comunicación para generar situaciones de miedo y hasta de terror, que grandes cadenas internacionales o medios informativos locales aplican cuando existen determinados intereses o alianzas en juego. Los medios de comunicación que han participado de estos actos de terrorismo informativo, han tomado partido y generado abiertamente un miedo social vía la distorsión de la realidad, ello, con fines estrictamente político-económicos. Así como los actos terroristas armados arrinconan a ciertas sociedades vía el miedo, los actos de terrorismo informativo sin herir o matar físicamente, hieren y quiebran las fibras más hondas de la psicología social. Los terroristas informativos usan una violencia que no consiste en explotar bombas, sino en la apropiación de un discurso que señala juzga condena, retumba. Todo ello desde una representatividad empresarial informativa y aplicando métodos que encajan en un manual fascista.

Latinoamérica es presa de este tipo de terrorismo. Los procesos electorales del año 2006 demostraron cómo cierta propuesta política fue atacada vía los recursos del terrorismo informativo. No hubo en estos procesos electorales, país en el que no se haya apelado al recurso del miedo cuando candidatos que podríamos definir como anti establisment se acercaban a la presidencia. En algunos países el miedo generado por el terrorismo informativo logró su objetivo. En el caso peruano, el sector más retrogrado de la prensa escrita representado por publicaciones como Correo, Expreso o el pasquín La Razón, llevaron de las narices a otros medios ecuánimes que cayeron en el juego y permitieron que la búsqueda de la objetividad informativa desapareciera. A Humala no se le hacían entrevistas sino interrogatorios, a García, el Frontón nunca se le recordó abiertamente. Esta apelación al miedo social de la que muchos se sienten orgullosos, sigue y seguirá siendo aplicada cada vez que es necesario; como en los conflictos entre empresas mineras y comunidades, o si es que la Munchú en Guatemala se acercara al poder. Vivimos con agentes del terrorismo informativo incrustados en la prensa nacional, en la prensa latinoamericana y en la global.

Ante ello no hay posibilidad real de que estos medios que apelan al miedo aminoren su influencia o dejen de utilizar tan confrontacionales recursos. Sin duda son útiles a cierta perspectiva del poder y su vigencia está garantizada. Su financiamiento y aparición son parte del panorama de estos años. Por eso urge la interpretación de estas acciones, la categorización de este terrorismo informativo en nuestra realidad y en la escena internacional. La apropiación por unos de la calificación y el señalamiento del terrorismo debe caducar. Es insostenible que sigan siendo los estados que aplican el terrorismo de Estado y los medios que cometen en un sentido amplio actos terroristas, los que tengan el monopolio de la utilización de la palabra y sean irresponsables sobre las consecuencias que ello trae. Del mismo modo, sólo contribuye a una regresión autoritaria que en nuestro país estos medios tengan tanta influencia contagiando de ánimo extremista a la información en general.

Los conceptos cuando alguien se los apropia terminan siendo utilizados para un fin univoco, en este caso crear un sentido común en el que el terrorismo sea la vara con que se mide y castiga al opositor político. Sustrayendo la palabra del monopolio manipulatorio que hoy existe, quizá no se contenga el terrorismo informativo que grupos o estados generan en el mundo. Pero apelando a una interpretación mayor de los hechos, habremos definido esta constante de la política actual: el terrorismo informativo, comunicacional o mediático.


Alexandro Saco
24 2 2007
www.radiosanborja.com


Suleiman y Wilkerson

Andel Karim Suleiman y Mark Wilkerson han sido encarcelados la semana pasada. El primero en Egipto por ejercer la libertad de expresión, el segundo en EEUU por defender su derecho a no combatir nuevamente en la guerra de Irak. Uno tiene 22 y otro 23 años de edad. Se podría señalar que el caso de Suleiman sí configura un atentado contra la libertad de las ideas, mientras que el de Wilkerson no porque desacata una disposición del ejército de EEUU, institución a la que ha jurado obediencia. Pero esa distinción no es exacta. La libertad es un ámbito que no puede medirse institucionalmente. Suleiman y Wilkerson son la constatación de que el poder, la mayoría de veces, no está interesado en la libertad individual o colectiva.

Lo de Mubarak en Egipto es una dictadura que no incomoda a las democracias occidentales. Con sus más de veinte años en el poder y una sucesión en la que pretende colocar a su hijo o a uno de sus hombres de confianza, conduce al país a la radicalización política. En la sentencia contra Suleiman, confluyen los extremismos vigentes en Egipto: religioso y político. A este joven se le condena por haber publicado en su blog afirmaciones sobre cómo la universidad sunita en la que estudia fomenta las ideas extremistas, por haber calificado a compañeros de Mahoma de terroristas y comparado a Mubarak con los faraones que gobernaron el antiguo Egipto cual dictaduras.

Lo de Bush en EEUU es patético y peligroso. Su administración generó el mayor caldo de cultivo contemporáneo del fanatismo musulmán al destruir de manera siniestra Irak horca incluida, y a pesar de ello alienta una respuesta violenta sobre Irán que puede degenerar en lo que quizá sea la intención final neoconservadora: cambiar el mapa de Medio Oriente sin reparar en los medios que hagan falta. Ante eso, el ejercicio de libertad de los soldados del ejército de EEUU para no ser parte de esa destrucción, es válido. El Egipto de Mubarak y los EEUU de Bush, sin ser sistemas políticos análogos, tienen este punto de encuentro en cuanto a las restricciones a la libertad.

Es que a pesar del avance de las libertades, se mantienen contradicciones insalvables. Una de esas, por ejemplo, tiene que ver con la política y la economía de China. Algunos ven a China como un ejemplo de apertura económica. Observadores como Oppenheimer, tan agudo en otros temas, se maravillan del pragmatismo del PCC que cada vez interviene menos en la economía. La pregunta que surge es cómo se puede obviar el totalitarismo del Estado Chino, que mantiene campos de concentración, comercia órganos de disidentes, destruye naciones como el Tibet o encarcela por acceder a ciertas web, y rescatar únicamente sus políticas en lo económico. No que las dictaduras todas son condenables. Si no hubiera doble rasero, el comercio con China o con Corea del Norte debería ser medido con la misma vara.

Esas son las grietas por las que el discurso liberal modernizador se descubre tan interesado como el que avala el izquierdismo autoritario. Y mientras esa confrontación, en la que ambos extremos se acusan de anteponer ideología a libertad, persiste, gente como Suleiman o Wilkersen reaniman la esencia libertaria. Voces que desde una alejada acción reflejan en el espejo del mundo el brillo de la libertad. Inocultable y frondoso. Democracias occidentales o autoritarismos del tercer mundo se intersectan cuando la libertad personal se pone en juego.

Así como el bloger egipcio o el soldado rebelde estadounidense han sido captados por un instante en la información global, millones son los que día a día con pequeños actos dispersan la brisa de la libertad en el mundo. Acciones que confrontan la hegemonía política, religiosa, del ejercicio de la sexualidad y de los sentimientos. La política y las profesiones de la fe en 2007 aún son medievales para afrontar los reales desafíos de la libertad.

Alexandro Saco
25 2 2006







martes, 20 de febrero de 2007

AlkaCIA and the true war

En Occidente se ha creado un culto. Observamos los atentados en Nueva York, Madrid y Londres, como la barbarie representada. En relación a eso, algunos afirman que es deber de Occidente defender a Israel porque éste constituye el confín de la civilización. Perspectiva endeble, atributo de una cultura a la que le excita reflejarse. Se levantan las cifras de las víctimas, tres mil 11S, doscientos veinte 11M, sesenta y cinco 9J: terrorismo. En Irak mueren desde la invasión doscientos mil: Occidente defendiéndose de sus enemigos. Resistentes iraquíes o afganos tienen el derecho a defenderse de los invasores, así como los estadounidenses lo tendrían si ejércitos musulmanes ocuparan California, Oregon o Virginia.

El discurso que usa al terrorismo como escudo para cualquier bombardeo, como el de hace unas semanas en Somalia, ha caducado. Observar la destrucción de países como un parte meteorológico en los noticieros, con análisis que terminan encontrando la validez de la guerra, es avalar la destrucción del humano. El extremista del siglo XXI no sólo está en Irán ahorcando, sino también en las capitales del mundo, usa corbata y es elegido en sistemas electorales. Las democracias occidentales se jactan de serlo, pero no son tales si allende sus fronteras imponen regímenes aniquiladores recurriendo también a la horca. Los discursos bélicos normalizados nos reflejan el desprecio de Occidente hacia lo que no pretende comprender. La generalización de etnias naciones o religiones es una tendencia casi oficial, y se asume que lo sensato es que nuestros valores predominen.

No hay duda de que algunos de los valores que Occidente ha logrado consolidar han permitido el desarrollo de la libertad. El problema es que hoy, legitimados por esos enormes logros sociales y del pensamiento, una ideología retrógrada pretende representarnos distorsionando y manipulando esos grandes avances. Nada más contradictorio. Justamente esos logros de la libertad y de la razón, son las columnas que hoy deberían sostener la confrontación al discurso y a la acción destructora de sociedades y del planeta. Occidente, en algunos ámbitos, sufre un proceso regresivo, pero se refleja en las imágenes de su desarrollo para considerar que sólo avanza.

Sometemos la continuidad de la especie a las políticas energéticas; abogamos por el libre comercio como parte de la libertad, pero importa un pito que China, con quien todos quieren firmar TLC, mantenga campos de concentración para los disidentes; demonizamos a Alkaeda, pero olvidamos que la CIA ha dañado más que sus frankinstein. Y mientras no desnudamos esos contrasentidos, los voceros de las falsas libertades y de las relativas democracias, pretenden que avalemos a Occidente frente a sus enemigos. El principal enemigo de Occidente está Occidente, con una representación secuestrada por un G8, con un Consejo de Seguridad de la ONU impotente, con unas sociedades influidas por la monotonía de mensajes comunicacionales que legitiman lo criticable.

Ante eso, por un lado izquierdas pretenden aportar a la política desde instancias e intenciones que hoy significan poco. Por otro, falsos liberales o liberales, con una retórica en la que sus ideas se pierden entre adjetivaciones e histerias impermeables cuando se desnuda el libre mercado. Así como el derecho sigue a la realidad para interpretarla y proponer normas, los que asumen hacer política no pueden hacerlo sólo desde sus conceptos. El planeta del siglo XXI no es el de los años sesenta, pero menos el del alucinante Fin de la Historia de los noventa. La enorme dinámica de la interconexión digital frente al precipicio que separa ésta de la mayoría de la humanidad, hace imprescindible humildad y algo de desinterés. Ni la izquierda ni la falsa derecha liberal son capaces de proponer un modelo de desarrollo y superación humana.

Así, las guerras entre estados, religiones o bloques políticos, esconden la real confrontación. El humano guerrea contra sí mismo, escondiendo en sus diferencias su ímpetu tanático; la autodestrucción es el destino que no vislumbra, porque prefiere observar y exhibir imágenes modernizadoras. Ante la verdadera guerra, sólo se proponen nuevas guerras verbales o armadas que responsabilizan al rojo, al musulmán, al rebelde, al liberal. En sus diferencias, que paradójicamente son atributo de la libertad que el pensamiento nos ha legado, el humano está encontrando su justificación regresiva. Ver la guerra real, dejando de lado las imágenes que nos justifican, será más útil que doscientas banderitas y cuatro ideologías.

Alexandro Saco
18 2 2006